La
ausencia del alma
Un simple cigarrillo que
compartimos cuando te conocí, elevó su humo ignorando toda ley de gravedad; así
como el sentimiento que nació, rompió con toda racionalización impuesta para la
comprensión.
Nuestras mentes estaban
inmersas en la circulación de la sangre, que atravesaba nuestros corazones y ya
no sabíamos si eran tus pensamientos o los míos, lo que nos impulsaba a tener caricias inspiradas en el
placer posible de ver tu sonrisa. Mientras que en los silencios… escuchábamos
la misma música.
Nuestros ojos inclusive se
acariciaban y la fuerza era tal, que superaba el tembloroso dedo deslizándose
hacia tu ombligo, danzando sobre tu abdomen;
respetando tanto mi deseo por tocarte, como la cautela por ser tu primera vez.
Nuestro tiempo subjetivo,
representa años terrestres en cuanto al tiempo de nuestra amistad. Pero en el
tiempo del amor... llenaste vacíos que he tenido durante toda mi existencia,
por lo que te percibo como parte de mí; y ese tiempo, es el máximo infinito que
puede llegar a conocer un simple mortal.
Tus labios fueron
añorados... como nunca pude haber extrañado el aire; hasta el día en que los
perdí en frente mío, y también la respiración.
El caudal del río que
reventó por mis ojos, debió ser el huracán de mi alma, que ahogándose en pena constreñía
mis pulmones en gemidos. El desespero de la viudez del alma se escuchaba en el
purgatorio; mientras que la palabra karma se murmuraba entre los querubines y
serafines, a quienes imploraba y rogaba en vano que me ensordecieran,
para no seguir escuchando el zapateo incesante del baile que tus labios
estaban danzando con otra boca, con otra sonrisa diferente a la mía.
Solamente pude darte la
espalda, para no observar a los ojos la imagen que de frente me perseguiría en
mis futuras pesadillas... pero la oscura realidad se quedó corta ante las
imágenes mentales cuya banda sonora fue animada por el concierto en vivo de tu
saliva, cual plácido riachuelo atravesando el puente que formaban sus lenguas.
Un crujir agrietó el
puente y lo separó... pero no... sólo fue el sonido de una cremallera; y
luego, la ausencia del alma.
Autor: Mateo Salazar
Hennessy
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