domingo, 2 de octubre de 2016

La incertidumbre de Colombia

Invocación a Cristo
Señor, te estoy llamando con el grito
que mi angustia sin términos ensancha,
porque vuelvas de nuevo hasta la vida
que una hordas tragédicas amargan,
Y les digas con ese poder tuyo
-el mismo que sostiene tus parábolas-
que no maten los niños con fusiles
Ni asesinen ancianos con sus hachas;
que dejen las palomas en sus nidos cubriendo los polluelos con sus alas;
que no agosten los lirios de las eras
ni envenenen las aguas;
que no enturbien la lumbre del paisaje
con el humo siniestro de las llamas,
porque si el sol ocultan con su espanto
el sol ya no madura las granadas;
que nos vuelvan la paz que conocimos
cuando al hombre los hombres respetaban, cuando temían tu voz y tus sentencias
y la severidad de tus palabras;
cuando a la lumbre del fogón del rancho
los hijos y los padres se sentaban
a recordar el cuento de Aladino
y el de Simbad, aquel que navegaba;
que nos dejen volver aquellas noches
de luceros y estrellas tachonadas,
que tenían en el fondo de su felpa
el dulce encanto de una luna blanca.

Que esto no dure más, Señor, te lo pedimos por la tortura de tus cinco llagas,
por el dolor que te causó Longinos
con el acero oscuro de su lanza,
por la ingrata razón que dijo Pedro
cuando iba a comenzar la madrugada.

Tú puedes devolvérnos lo perdido,
si vuelves a este mundo la mirada;
Tú puedes darnos paz y darnos frutos,
darnos seguridad y darnos calma,
y hacer que las cosechas multipliquen
sus racimos de miel en la labranza,
y que los ruiseñores no se espanten
por el grito alevoso de las balas;
Tú lo puedes Señor, porque eres grande, grande como tus soles y tus albas,
como las nebulosas sin medida
que alumbran en tus célicas distancias;
todo lo puedes Tú, danos por eso
el favor que te piden nuestras almas,
la bondad que te ruegan los caminos,
los niños inocentes que no matan,
los campesinos buenos que no ofenden,
los sencillos labriegos que te alaban,
las novias pudorosas que te quieren,
las madres amorosas que te ensalzan,
y los hombres de bien que en esta hora
pueden llegar a Ti sin una mancha.

Danos tu bien, Señor,  dale tu amparo
a esta patria en martirio que te llama.

Baudilio Montoya

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