Ayer cuando la tarde
comenzaba
a teñir el silencio de los
cerros,
un magnate engreído
por el triste poder de su
dinero,
con la violencia de su
carro airoso
salvajemente me mató mi
perro.
Se llamaba “Guardián”, un
can humilde,
sencillamente bueno,
que celebraba siempre mi
llegada
al regreso del pueblo
encendiendo sus ojos en
cariño,
sus ojos tan alegres, tan
sinceros.
Conteniendo el dolor que
me causaba
el brutal atropello,
abrí una fosa en mi jardín
añoso
cerca de la sombra del
rosal más viejo,
y lo enterré yo mismo con
mis manos
-yo fui el sepulturero-,
cubriéndolo con tierra,
suavemente,
como con un piadoso
terciopelo.
Y le recé:-“Guardián”, no
te sorprenda,
los hombres son así: malos
y ciegos;
a imagen del Señor de los
espacios
todos dizque están hechos,
y sin embargo violan sus
sentencias,
todo lo que es elemental y
bello,
las flores que comienzan
su milagro,
los lirios inocentes, los
corderos,
y en la oscura insolencia
que los mueve
no sienten pena de matar a
un perro,
un perro como tú que
vigilaba
la querida heredad con su
desvelo,
y cuidaba la casa y los
caminos,
y la fuente, y el huerto,
y las tiernas palomas que
arrullaban
de tarde, en el alero,
cuando el ocaso comenzaba
en rasos
el nido fiel para el
primer lucero.
Descansa en paz,
“Guardián”, en el regazo
Que ahora te deja el
funeral misterio,
y no tengas en cuenta al
criminoso
que con la fuerza de su
coche negro,
atropelló tu contextura
humilde
y te apagó los ojos tan
abiertos;
descansa ya bajo las
verdes frondas
de mis rosales viejos,
que seguirán dejándote
piadosos
todo el amor de sus
retoños nuevos.
Mientras duermes tu noche
interminable
entre el arcano que
sostiene el tiempo,
yo quedo en esta feria de
la vida
pensando, repitiendo:
-Mejores que las almas de
los hombres
cargadas de tragédico
veneno,
deben ser para Dios, a
esta hora,
las almas inocentes de los
perros-.
Autor: Baudilio Montoya
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