viernes, 23 de enero de 2015

Poema Negro

Apura sus tonadas fantásticas la orquesta
que enciende la locura de la mansion en fiesta.
Galantes caballeros y férvidas mujeres
danzan la danza alegre de báquicos placeres,
Bajo la aristocracia de las bombillas claras
que agravian con sus iris las esmeraldas raras.

En vasos cincelados de hermoso corte griego,
sirven el vino antiguo para el sensual sosiego,
y ornadas con orquídeas y anémonas ligeras
resaltan orgullosas las frentes altaneras.

En amplias morbideces de fina curvatura,
hay brazos tentadores de pérfida blandura,
que desde el nido tibio de los encajes regios
invitan al abismo de ardientes sacrilegios.

Danzan la danza loca; y abajo en la baldosa
que cerca la insolencia de la mansión fastuosa,
bajo el sopor que inyectan los dientes de la fiebre
-Motivo que apresara benvenutino orfebre-,

Una mendiga esconde su cara adolorida
a todas las vergüenzas sangrientas de la vida,
que entrega a los magnates su ciego poderío
y apenas les da sombras a los que tienen frío.

Guiña´p de esa sorda caterva de infelices
que ordena en escuadrones famélicos la tisis,
apenas en un punto del miserable enjambre
que surte a todas horas la gran legión del hambre.

Estigma de su suerte, como un esquivo armiño,
recata la amargura clorótica de un niño,
nacidos como tantos en la asquerosa feria
para sentir el foete tenaz de la miseria.

Estruja con sus manos los andrajosos flecos
buscando de su madre los tristes senos secos,
cansados por la pena de todas las fatigas,
que penden a manera de inútiles espigas.

Mustiada por la angustia, la suave faz materna,
interroga en silencio la incomprensión eterna,
mientras que, de sus ojos, piadosos holocaustos,
ruedan gélidas lágrimas por los  senos exhaustos,
hasta el infante hambriento que bebe tembloroso,
en vez de leche tibia, el llanto doloroso.

Hijo de algún lejano y oculto sacrificio
que no tuvo siquiera los móviles del vicio;
mañana en los vaivenes extraños de la suerte
serás un sacerdote siniestro de la Muerte,
y en el tumulto alegre, castigaras al hombre
que si te dio su sangre no te dejo su nombre.

En la tiniebla sorda tus manos implacables
con todas las coronas serán inexorables,
y cuando ya galopen furiosos aquilones,
sabrás gritar el himno de las desolaciones.

Caerás sobre la vida que te lleno de duelo
soberbio y vengativo como una tigre en celo;
y así, cuando comience su gesto tu reproche,
le cobrarás el hambre y el frío de la noche
que no entiende la fiesta donde tu mal no alcanza,
y en donde, ebrio de vinos, tal vez tu padre danza.

BAUDILIO MONTOYA

1 comentario:

  1. Lamento comunicar que este poema sé se le atribuye al profesor el historiador cartagüeño Daniel Arturo Gómez quién ya lo declamaba por allá en 1973 en la escuela de capacitación profesional donde yo era estudiante y él docente.

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